1ª LECTURA: Josué 5,9-12
EN aquellos días, dijo el Señor a Josué:
«Hoy os he quitado de encima
el oprobio de Egipto».
Los hijos de Israel acamparon en Guilgal
y celebraron allí la Pascua
al atardecer del día catorce del mes,
en la estepa de Jericó.
Al día siguiente a la Pascua,
comieron ya de los productos de la tierra:
ese día, panes ácimos y espigas tostadas.
Y desde ese día en que comenzaron a comer
de los productos de la tierra, cesó el maná.
Los hijos de Israel ya no tuvieron maná,
sino que ya aquel año comieron
de la cosecha de la tierra de Canaán.
Palabra de Dios.
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SALMO RESPONSORIAL: Salmo 33
R/ Gustad y ved qué bueno es el Señor.
V
Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R
V
Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R
V
Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R
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2ª LECTURA: II Corintios 5, 17-21
HERMANOS:
Si alguno está en Cristo es una criatura nueva.
Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo.
Todo procede de Dios,
que nos reconcilió consigo por medio de Cristo
y nos encargó el ministerio de la reconciliación.
Porque Dios mismo estaba en Cristo
reconciliando al mundo consigo,
sin pedirles cuenta de sus pecados,
y ha puesto en nosotros
el mensaje de la reconciliación.
Por eso, nosotros
actuamos como enviados de Cristo,
y es como si Dios mismo exhortara
por medio de nosotros.
En nombre de Cristo os pedimos
que os reconciliéis con Dios.
Al que no conocía el pecado,
lo hizo pecado en favor nuestro,
para que nosotros
llegáramos a ser justicia de Dios en él.
Palabra de Dios.
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SANTO EVANGELIO: Lucas 15, 1-32
EN aquel tiempo, solían acercarse a Jesús
todos los publícanos y pecadores a escucharlo.
Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos;
el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor,
juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano,
y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo,
vino por aquella tierra un hambre terrible,
y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno
de los ciudadanos de aquel país que lo mandó
a sus campos a apacentar cerdos.
Deseaba saciarse de las algarrobas
que comían los cerdos,
pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre
tienen abundancia de pan,
mientras yo aquí me muero de hambre.
Me levantaré, me pondré en camino
adonde está mi padre, y le diré:
Padre, he pecado contra el cielo y contra ti;
ya no merezco llamarme hijo tuyo:
trátame como a uno de tus jornaleros”.
Se levantó y vino adonde estaba su padre;
cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio
y se le conmovieron las entrañas;
y, echando a correr, se le echó al cuello
y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti;
ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela;
ponedle un anillo en la mano
y sandalias en los pies;
traed el ternero cebado y sacrificadlo;
comamos y celebremos un banquete,
porque este hijo mío estaba muerto
y ha revivido;
estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa,
oyó la música y la danza,
y llamando a uno de los criados,
le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano;
y tu padre ha sacrificado el ternero cebado,
porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y no quería entrar,
pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo,
sin desobedecer nunca una orden tuya,
a mí nunca me has dado un cabrito
para tener un banquete con mis amigos;
en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo
que se ha comido tus bienes con malas mujeres,
le matas el ternero cebado”.
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo,
y todo lo mío es tuyo;
pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse,
porque este hermano tuyo
estaba muerto y ha revivido;
estaba perdido y lo hemos encontrado”».
Palabra del Señor.
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COMENTARIO: CON LOS BRAZOS SIEMPRE ABIERTOS
Para no pocos, Dios es cualquier cosa menos alguien capaz de poner alegría en su vida. Pensar en él les trae malos recuerdos: en su interior se despierta la idea de un ser amenazador y exigente, que hace la vida más fastidiosa, incómoda y peligrosa.
Poco a poco han prescindido de él. La fe ha quedado «reprimida» en su interior. Hoy no saben si creen o no creen. Se han quedado sin caminos hacia Dios. Algunos recuerdan todavía «la parábola del hijo pródigo», pero nunca la han escuchado en su corazón.
El verdadero protagonista de esa parábola es el padre. Por dos veces repite el mismo grito de alegría: «Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado». Este grito revela lo que hay en su corazón de padre.
A este padre no le preocupa su honor, sus intereses, ni el trato que le dan sus hijos. No emplea nunca un lenguaje moral. Solo piensa en la vida de su hijo: que no quede destruido, que no siga muerto, que no viva perdido sin conocer la alegría de la vida. PAGOLA
El relato describe con todo detalle el encuentro sorprendente del padre con el hijo que abandonó el hogar. Estando todavía lejos, el padre «lo vio» venir hambriento y humillado, y «se conmovió» hasta las entrañas. Esta mirada buena, llena de bondad y compasión es la que nos salva. Solo Dios nos mira así.
Enseguida «echa a correr». No es el hijo quien vuelve a casa. Es el padre el que sale corriendo y busca el abrazo con más ardor que su mismo hijo. «Se le echó al cuello y se puso a besarlo». Así está siempre Dios. Corriendo con los brazos abiertos hacia quienes vuelven a él.
El hijo comienza su confesión: la ha preparado largamente en su interior. El padre le interrumpe para ahorrarle más humillaciones. No le impone castigo alguno, no le exige ningún rito de expiación; no le pone condición alguna para acogerlo en casa. Sólo Dios acoge y protege así a los pecadores.
El padre solo piensa en la dignidad de su hijo. Hay que actuar de prisa. Manda traer el mejor vestido, el anillo de hijo y las sandalias para entrar en casa. Así será recibido en un banquete que se celebra en su honor. El hijo ha de conocer junto a su padre la vida digna y dichosa que no ha podido disfrutar lejos de él.
Quien oiga esta parábola desde fuera, no entenderá nada. Seguirá caminando por la vida sin Dios. Quien la escuche en su corazón, tal vez llorará de alegría y agradecimiento. Sentirá por vez primera que el misterio último de la vida es Alguien que nos acoge y nos perdona porque solo quiere nuestra alegría.
CÓMO EXPERIMENTA JESÚS A DIOS
No quería Jesús que las gentes de Galilea sintieran a Dios como un rey, un señor o un juez. Él lo experimentaba como un padre increíblemente bueno. En la parábola del «padre bueno» les hizo ver cómo imaginaba él a Dios.
Dios es como un padre que no piensa en su propia herencia. Respeta las decisiones de sus hijos. No se ofende cuando uno de ellos le da por «muerto» y le pide su parte de la herencia.
Lo ve partir de casa con tristeza, pero nunca lo olvida. Aquel hijo siempre podrá volver a casa sin temor alguno. Cuando un día lo ve venir hambriento y humillado, el padre «se conmueve», pierde el control y corre al encuentro de su hijo.
Se olvida de su dignidad de «señor» de la familia, y lo abraza y besa efusivamente como una madre. Interrumpe su confesión para ahorrarle más humillaciones. Ya ha sufrido bastante. No necesita explicaciones para acogerlo como hijo. No le impone castigo alguno. No le exige un ritual de purificación. No parece sentir siquiera la necesidad de manifestarle su perdón. No hace falta. Nunca ha dejado de amarlo. Siempre ha buscado para él lo mejor.
Él mismo se preocupa de que su hijo se sienta de nuevo bien. Le regala el anillo de la casa y el mejor vestido. Ofrece una fiesta a todo el pueblo. Habrá banquete, música y baile. El hijo ha de conocer junto al padre la fiesta buena de la vida, no la diversión falsa que buscaba entre prostitutas paganas.
Así sentía Jesús a Dios y así lo repetiría también hoy a quienes viven lejos de él y comienzan a verse como «perdidos» en medio de la vida. Cualquier teología, predicación o catequesis que olvida esta parábola central de Jesús e impide experimentar a Dios como un Padre respetuoso y bueno, que acoge a sus hijos e hijas perdidos ofreciéndoles su perdón gratuito e incondicional, no proviene de Jesús ni transmite su Buena Noticia de Dios.